Mentalidad Empresarial

A muchos pobres les han hecho creer que no pueden hacerse millonarios

Lo que hay que hacer – decía el profesor J. Murphy – es resetear la mente. Hacer una profunda limpieza de pensamientos. Porque, en el fondo, si no cambian LAS CREENCIAS, todo sigue igual.

Mil personas pueden venir desde lejos y decirle al oído “que usted es millonario, rico, que tiene potencial, que tiene dones”, pero si usted no se lo cree, no pasa nada. Igual, puede leer los libros que quiera, asistir a las mejores conferencias o entrenamientos de riqueza, y emocionarse con ellos…pero si no cambia SUS CREENCIAS, todo caerá en saco roto.
Las creencias, para ser superadas, primero deben ser detectadas.

El asunto es que a veces ni siquiera somos conscientes de esas creencias limitantes, de esos pequeños impulsos de escasez que son como cadenas que nos atan y nos impiden ir hacia la verdadera prosperidad. Nosotros estamos convencidos de que las creencias se forjan, sobre todo, en la casa; en el hogar.

Allí nacen o allí se consolidan. Por eso las creencias varían de persona en persona: porque cada hogar es distinto, cada niño crece en circunstancias diferentes. Lo que ahora podemos hacer es mirar hacia atrás y hacer una “inspección emocional”, una “auditoria mental” e interpretar qué consejos, qué situaciones, qué vivencias, son las que más nos han marcado. Porque las decisiones que tomamos, en un 90% según la neurociencia, son tomadas de manera inconsciente.

La pregunta es: ¿por qué decides lo que decides? Por tus creencias.
Hace años, conversando con un amigo observábamos que, por ejemplo, la forma de crianza de los niños pobres es muy diferente a la de los niños ricos. Las diferencias fundamentales no son los materiales.

En realidad, a un niño pobre puede que no le afecte tanto crecer sin juguetes nuevos. Lo que le puede afectar de manera decisiva es LO QUE LE DICEN y LO QUE LE HACEN SENTIR. Ahí es donde se forjan sus creencias. Aunque estas conclusiones no son parte de un estudio científico, ni estadístico, resultan de sentido común: se observa que mientras a los niños ricos casi siempre se les llama por su nombre, a los niños pobres casi siempre se les llama por su apodo; un apodo que ha sido puesto en función de algún defecto físico o habilidad.

Si el niño es de ojos grandes, entonces se le puede llamar “ojón.” Si tiene problemas al caminar, entonces es probable que crezca con el apelativo de “cojo.” Si es de nariz sobresaliente, será “el narizón” y si es poco agraciado puede que le llamen “chuky.” Parecen apodos cariñosos e inofensivos, pero en realidad terminan afectando la autoestima del niño. Instalan creencias: el chico crece creyendo eso y en muchos casos con un ligero complejo. Hace años – y todavía sigue siendo un pedido frecuente – en los anuncios en los que se solicitaba personal se pedía que los postulantes “tengan buena presencia.”

Porque el paradigma de la era industrial privilegiaba lo físico, por sobre la inteligencia y el carácter. Entonces mucha gente siente “que no tiene presencia.” Con creencias equivocadas, su talla y su color, su modo de hablar e incluso su lugar de origen, le pueden jugar en contra.
Creencias equivocadas, aniquilan el potencial humano. Creencias dañinas, generan pobreza. Hace algunos meses un muchacho fue a comprar y al recibir el vuelto le dieron un billete de cincuenta soles que era falso. Recién al día siguiente, cuando el muchacho va a comprar, le dicen que su billete es falso.

Quiso ir a reclamar a la tienda en el que le dieron el billete, pero recordó que sería en vano. Su cara cambió en cuestión de segundos y pensó: “Y ahora ¿dónde hago pasar este billete?” Su razonamiento es: “yo tengo que recuperar mi dinero.” Se siente estafado, engañado. Le duele saber que puede perder cincuenta soles. ¿A qué se debe todo eso? A nadie le gusta perder dinero, pero suponiendo que usted ya se encuentra en una situación de ese tipo: ¿qué es lo correcto? ¿Lo correcto acaso no es romper ese billete? ¿Lo abundante acaso no es cortar ese billete e impedir que se siga propalando mala energía engañando a más personas? No lo hacemos porque muy en el fondo hay una creencia que nos dice que “recuperar ese dinero es difícil.” Hay una creencia instalada que, automáticamente, nos hace ver lo adverso como algo malo y no como oportunidad.

En verdad no importa la inteligencia, ni el conocimiento, ni el dinero…lo que importa son LAS CREENCIAS: te liberan o te atan. Los profesores le dijeron que usted no es bueno para las matemáticas. Como sus notas eran deprimentes, entonces usted creyó que los números no eran lo suyo. Y usted se repetía a sí mismo: “es que yo no soy bueno para las matemáticas.” “yo no soy bueno para eso.” Lo repetía tanto, que se convirtió en una creencia. Y en verdad, su problema no era la matemática en sí: sino la forma cómo se la enseñaron.

Una mujer lleva cinco años trabajando como empleada y quiere hacer un negocio, pero “cree” que ella no es buena para los negocios. Se lo repite a sí misma y eso se convierte en una sentencia. Por eso, si quiere hacerse cargo de su vida, hágase cargo de sus creencias. Son el timón, la torre de control, el mapa, la llave. Ya lo decía Salomón, el rey que fue hijo de David, “Una persona sin control propio, es como una ciudad con las murallas destruidas.”

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